DISOLVER LA DEMOCRACIA

Esa noche, pudo haber terminado de la manera nada singular como solía acabar, pero el suceder de ciertos hechos no lo permitieron. Él no había ido al trabajo y junto a mamá se mostraron ansiosos desde la tarde. Salían, regresaban, hablaban por el teléfono durante horas, escuchaban la radio, visitaban a sus amigos que vivían no muy lejos de nuestra casa y no probaron bocado alguno durante todo el día. No puedo recordar conversación alguna entre ellos, quizá la tuvieron, quizá hubo hasta discusiones y planes, pero a esa edad tenía una justificada desidia infantil por esos asuntos.

 

Recuerdo perfectamente las nueve de la noche. Tuve que pararme en la cama y dejar de ver lo que estaba viendo para asomarme a la calle y descubrir el origen de tanta batahola de silencio. Desde mi ventana se podía ver como las tenues luces de la calle, alumbraban mezquinamente el parque en donde transcurrían mis mayores y mejores horas infantiles. Tanto silencio desesperaba, así que me quedé pegada a la ventana durante un buen rato. No había nadie afuera. Debió haber pasado quizá una hora o un poco más y un sonido hueco, extraño, hizo su aparición. Aún no lograba ver algo pero el sonido se multiplicaba, era cada vez más fuerte. Unos hábiles piesesitos empezaron a  correr por la grama del parque e iban  haciendo ademanes como si le preparasen la entrada a un monstruoso animal. Uno, dos y tres. Esas máquinas bestiales eran un trío arrítmico con lento andar. Los dueños de los piesesitos eran alrededor de diez ó 20 y conformaron una ridícula cadena resguardando las calles que terminaban en el parque. Yo, seguía pegada sin entender nada, viendo el transcurrir de esos seres que invadían mi campo de juego y que poco tardaron para convertirlo en su campo de batalla.

 

Si  papá no me sacó de un jalón de pelos o a puntapiés de la ventana fue porque estaba muy nervioso. Cerró la ventana y a causa del tiroteo solo escuché parte de su frenético susurro – ¿qué pasa si una bala perdida te mata ah?… cuidadito que te vuelvas a asomar –. Tuve que valerme de mi mejor actuación para hacer creer a mis padres que dormía y hasta roncaba. Ellos se pasaron despiertos toda la noche, mientras yo, sigilosamente seguía con mi rutina y con unas ganas locas de ver lo que ocurría allá afuera. Cuando cayó la mañana, en la sala, vi como la radio se había transformado en objeto de culto mientras un locutor con voz desabrida chillaba las noticias.

 

Ese día no pude salir a jugar e increíblemente nadie me buscó. De aquellos monstruos no pude saber más; por la ventana no miraba más que un solo horizonte. Mi parque lucía normal, con novios devorándose en las bancas y uno que otro niño corriendo. Caí en la cuenta de que algo malo había pasado, pero no sabía la magnitud del daño. Papá quien era de izquierda, no durmió esa noche en casa, desapareció junto a su ropa, papeles y guardaespaldas. Mamá no me hablaba, solo murmuraba en el teléfono con dios sabe quién y aseguraba puertas y ventanas más que nunca.

La ausencia de mi padre no me preocupaba en absoluto, mis noches seguían siendo las mismas sin embargo, esta vez, mamá me acompañaba en la sesión de ojos bien abiertos. Oscuridad y nada que mirar. Mientras papa seguía desaparecido, los tanques militares abandonaron las calles limeñas, habían apresado a algunos de sus compañeros y la mayoría de sus amigos se fueron del país. De los que se quedaron, algunos cayeron en la ruina, otros cuantos prefirieron tomar Sake y comer Sushi por tres años más. Yo, seguí día tras día jugando a las escondidas y dándome de volantines con mis amigas en el parque.

 

Tenía diez años y esa tarde supe que papá era y había dejado de ser Diputado de la Nación, un puesto por el que solo había recibido una barbie, polos de la Florida, una bicicleta, una bonita cuerda para saltar, cintas de video de Disney y mucha soledad. Por el contrario tenía que, después de meses de desaparición, soportarlo nuevamente en casa, verle la cara todo el día, sufrir sus malos tratos y sus aterradoras formas de hacerme estudiar.

Décadas después, la sutil frase: “Soy inocente” me suena a chiste y me hace pensar que la decisión de ese hombre cambió por completo mi vida.  Yo le daría cadena perpetua, calmando mis ansias de desaparecerlo del planeta.

 

 

 

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