
¿Cómo se llama esa mirada?
Previsualizo tus ondas y nada parece tan perfecto esta mañana.
Te regalo una canción entre bocanadas de humo idiota y te ríes.
Te agrego un suave murmullo y presiento que no dices nada.
Te coges con delicadeza el mentón mientras sorbo mi último veneno de café. Me quitas el cigarrillo y lo aniquilas entre tus labios de menta. La neblina ha bajado, me dices, y solo te invito a no decir más. Sí, la neblina ha bajado.
Pides al mesero otra coca diet, yo muevo la cabeza y ordeno otra taza de café aunque el estómago me esté reclamando un inconmensurable dolor.
¿El frío ha inventado una nueva rutina entre nos?
Me explicas que no puedes y que intentas y cuando más tratas más te confundes. Te sigo, te escucho, te ignoro, te animo a seguir mintiendo. Callas. Vuelves a quitarme el cigarro y esta vez no te lo permito. Se derrumba con enfado en ese cenicero harto de nosotros. Coges tu coca diet y te marchas dejando un billete generoso en la mesa. Volteas un minuto mientras la neblina roza tu rostro acaramelado. ¿Sabías que tu belleza no es más que el resplandor de nuestro amor? Caminas y te vas.
La neblina me pide cortésmente que me vaya. Cojo el billete, generoso billete, y voy tras tus pasos. El mesero me detiene, le pago y cuando volteo a tu encuentro, solo veo una figura delgada que cruza la acera y se pierde en la espesura de la mañana. Su vuelto señor, me dice cogiendo con pena, parte de mi brazo. Sabe que me ha dejado, lo miro desde mi extraña altura y le pido otro café. Quizás regresé, me dice como consolando un suspiro asmático que dejé resbalar en el aire, quizás, le respondo, pero primero tráigame el café.