Aeme

Diciembre 31, 2007

 No hace frío. La soledad no es momentánea, ni real, ahora no lo es. Volví al viejo, sutil y empañador vicio humeante. El viento susurra de sur a norte, helado y abrigador. Enciendo el tercero mientras la T. decide no acompañarme en esta marcha, como hace días. Trato de encontrar un claro, allá en la inmensidad. “¿Qué pasó ahora?” Lo de siempre, demonios, lo de siempre. Un claro, allá en la inmensidad y bajo la mirada con decepción, me enfoco en el horizonte y decido no buscar más. Aspiro para no quedarme sin aire y me hago una autopsia. Apesto a cigarrillo; hoy no me ha bañado; he lavado mis pies para sentirme menos sucia (odio usar sandalias en la calle); he empezado, de nuevo, a lavarme las manos con shampoo; duermo hasta que el sol se esconde y tropiezo entre la oscuridad mediocre de esta ciudad.

“Pareces una gárgola”, y sin responderle lo miró desde un piso más arriba; pienso que a media noche, colgada de la azotea del edificio (porque salir a estas horas por la calle no me causa gracia alguna, con tanta gentuza suelta), aún no amerita tal apreciación. Escribo a la T. desde mi celular y me guía que sigue reposando sin poder dormir; responde como si de esa forma pudiera acompañarme en este vacío plegado de frío. Quizá tenga razón. Ahí va el cuarto y como siempre adoro el olor del fósforo muerto.

No había notado lo acogedora que era la azotea, ni lo oscura, ni lo solitaria, ni lo perfecta para estas ocasiones. Se va el cuarto y ya no puedo responder a la T., miro por última vez el cielo que parece mar y creo mirar el mar allá a lo lejos. Han pasado ya dos horas. “Pareces gárgola”, gárgola fumona. Ahora, en el piso, no me alcanza la ráfaga de aire helado, pero el piso está helado. Eso qué importa. Nada. No, nada. Se fue el quinto y creo quedarme dormida cuando me doy cuenta que sería ridículo que alguien me encontrara en la mañana tirada en medio del piso de la azotea.

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