Memorias etiquetadas

Septiembre 25, 2007

Se presentaba una similitud de imágenes que no querían decir nada, al final de todo. Ella prendió el cigarrillo y todo se encendió sin más ni más. Aquél miraba de lado sin atrever acercarse. Ella, quería mirar y ver bien pero era demasiado obvio. El cigarro se consumía y el vino tan dulce como caro, también. Pronto habría que tomar una decisión por más fatal que sea. Él decidió que era la hora y abrigándose como de costumbre (ella lo reconoció en él) se acercó, la miró: ella abajo, sentada y el arriba, de pie. Ella absorbió el último suspiro y, queriendo guardar una apariencia que en el pasado la hizo pedazos, de a pocos disparó a su rostro el humo. Él no se inmutó. Y reconoció esas señales incomparables que quedaron grabadas aquél invierno, hace años. Señales que dolieron pero que nunca dejaron de escribirse. Señales de humo que ahora eran más visibles y certeras que nunca.

Él se sentó y durante unos minutos no se dijeron más que miradas inconclusas, penetrantes, dolorosas, al fin. Ella bajó la mirada y él, le levantó el rostro. Beso robado, más dulce que nunca jamás. Señales de humo que retornaron con el mismo mensaje. Ella lloró y lloró mientras la llevaba de nuevo a donde todo había empezado.

Escaleras largas, revistas por doquier, sobriedad y rebeldía, y lo que más recordaba y le gustaba, olor a él. Se aprisionó en su pecho y lo absorbió, absorbió todo lo que durante años no pudo y suspiró por esos días donde una simple confusión fue capaz de alejarlo de su vida. Las escaleras terminaron y se encontró al final del pasillo con esa imagen que jamás pudo borrar, con esa imagen que la acompañaba noche a noche.

La echó sobre la cama, esa cama que la impresionó desde el primer momento, esa cama que guarda miles de cuerpos, sabores, olores y almas. Esa cama que la cubrió y la acogió. Se secó el rostro y él le besó los ojos. Continuaban sin decirse nada. Infinito momento. El amor nunca había tomado tantas expresiones en dos formas inquietas. El amor nunca había necesitado de simples manos para ser tan puro y sincero. El amor tras tres largos años seguía intacto y ella siguió llorando por eso.

Echado en su pecho, no dejaba de acariciarlo. Hemingway, increíblemente, seguía en ese rincón empolvado, dorado e intrigante. ¿Seguiría el Viejo y el Mar guardando ese precioso recuerdo?

Ella caminaba sobre la calzada, hora nona que se perpetuaba a medida que la garúa se impregnaba en la piel. Último cigarrillo y la promesa de no volver a fumar jamás murió junto a aquél rencor que guardó durante tiempo pasado. Pasado que ahora es presente y lo sigo en los labios y el vientre. Él sigue dormido dentro de ese cuarto que ahora me pertenece hasta que yo quiera. Y mañana será lo mismo y pasado también cuando él quiera y yo lo decida.


El Rumbo

Septiembre 12, 2007

<Era una mañana extraña para ella. La cama se movía al compás de sus exhalaciones. No podía sentir por más que lo intentara y en su pecho guardaba esa esperanza de que el tiempo no siempre es infinito. Pronto acabará. Su rostro seguía pegado a la sábana, y los movimientos se hacían cada vez más insoportables. El peso de su cuerpo la ahogaba. ¡Acaba de una vez! Y el “maldito sea” quedo trabado en su garganta retorciéndose como su vientre, como sus manos, como su alma entera. Sintió un suspiro de placer en su nuca. Él ya estaba satisfecho y satisfecho se alejó de ella. Cogió su enmarañado pelo en una cola media, se secó el sudor del pecho y del rostro y se echo junto a él. La mañana estaba demasiado fría y ella demasiado perdida.
Salieron del hotel, sin más caricias que la costumbre misma. Se sentó dentro del auto y mientras lo esperaba, repasaba en su memoria cuándo fue aquella última vez de pura pasión, donde el amor aún no se había extinguido y donde los besos eran incesantes. Suspiró y le dijo, te amo, y sintió un dolor en cada poro del cuerpo que ella tuvo que reprimir con una sonrisa ladeada. Yo también te amo, le dijo él y ella expió en su rostro, en sus palabras, en su mirada, en sus manos. No te creo, y suspiró como si de esa forma ella lamentara esos pensamientos. El auto siguió su rumbo.


Raices

Septiembre 12, 2007

Los Roots me cantaban al oido mientras yo iba, calzada abajo, golpeándome el pecho en una catedral de hojas, madera y pasto… respiraba mis pecados junto a esa mañana hecha de humo, de puras señales…Los Roots volvían a repetir el coro bajo esa cúpula de smog y yo seguía, calzada abajo, decidida a esperar se cumpla el destino… la contraseña: un simple miau y ya nada quedaba de lo antes planeado… y nada quedaba… solo el tio Kapu, que ahora está muerto, debe recordar ese momento.. allá en su tumba de mañanas ocupadas y diestras plasmadas…/span>*Invierno 2003