
Se presentaba una similitud de imágenes que no querían decir nada, al final de todo. Ella prendió el cigarrillo y todo se encendió sin más ni más. Aquél miraba de lado sin atrever acercarse. Ella, quería mirar y ver bien pero era demasiado obvio. El cigarro se consumía y el vino tan dulce como caro, también. Pronto habría que tomar una decisión por más fatal que sea. Él decidió que era la hora y abrigándose como de costumbre (ella lo reconoció en él) se acercó, la miró: ella abajo, sentada y el arriba, de pie. Ella absorbió el último suspiro y, queriendo guardar una apariencia que en el pasado la hizo pedazos, de a pocos disparó a su rostro el humo. Él no se inmutó. Y reconoció esas señales incomparables que quedaron grabadas aquél invierno, hace años. Señales que dolieron pero que nunca dejaron de escribirse. Señales de humo que ahora eran más visibles y certeras que nunca.
Él se sentó y durante unos minutos no se dijeron más que miradas inconclusas, penetrantes, dolorosas, al fin. Ella bajó la mirada y él, le levantó el rostro. Beso robado, más dulce que nunca jamás. Señales de humo que retornaron con el mismo mensaje. Ella lloró y lloró mientras la llevaba de nuevo a donde todo había empezado.
Escaleras largas, revistas por doquier, sobriedad y rebeldía, y lo que más recordaba y le gustaba, olor a él. Se aprisionó en su pecho y lo absorbió, absorbió todo lo que durante años no pudo y suspiró por esos días donde una simple confusión fue capaz de alejarlo de su vida. Las escaleras terminaron y se encontró al final del pasillo con esa imagen que jamás pudo borrar, con esa imagen que la acompañaba noche a noche.
La echó sobre la cama, esa cama que la impresionó desde el primer momento, esa cama que guarda miles de cuerpos, sabores, olores y almas. Esa cama que la cubrió y la acogió. Se secó el rostro y él le besó los ojos. Continuaban sin decirse nada. Infinito momento. El amor nunca había tomado tantas expresiones en dos formas inquietas. El amor nunca había necesitado de simples manos para ser tan puro y sincero. El amor tras tres largos años seguía intacto y ella siguió llorando por eso.
Echado en su pecho, no dejaba de acariciarlo. Hemingway, increíblemente, seguía en ese rincón empolvado, dorado e intrigante. ¿Seguiría el Viejo y el Mar guardando ese precioso recuerdo?
Ella caminaba sobre la calzada, hora nona que se perpetuaba a medida que la garúa se impregnaba en la piel. Último cigarrillo y la promesa de no volver a fumar jamás murió junto a aquél rencor que guardó durante tiempo pasado. Pasado que ahora es presente y lo sigo en los labios y el vientre. Él sigue dormido dentro de ese cuarto que ahora me pertenece hasta que yo quiera. Y mañana será lo mismo y pasado también cuando él quiera y yo lo decida.
Escrito por Mirelia Cano 
Escrito por Mirelia Cano
Escrito por Mirelia Cano